Cuento Cursi

Cae la noche y la amargura invade el corazón de ella, una mujer blanca, de uno con ochenta metros de alto, nariz respingada y cabello oscuro. Lleva consigo una peineta azul que recoge su cabello de medio lado haciéndola parecer de esas señoras de arrugas que se miraban al espejo en medio de un recital de ópera de los años 50. Camina por el balcón mirando la luna llena  acompañada de miles de pequeños puntos brillantes, esperando con ansias alguna que caiga fugazmente para pedir el único deseo que aguarda en su corazón: una sonrisa.

Recordaba como hace algunos años esta cosa extraña que hacía sus mejillas convertirse en dos pequeños tumultos de piel al lado de su cara, sus ojos en medias lunas brillantes y sus dientes en esos cuadros perfectamente blancos que muchos admiraban, ahora era algo que sólo lo veía en las revistas. Tan sólo era él quién hace algunos años despertaba en ella desde un leve enrojecimiento en sus mejillas hasta los máximos deseos de pasión que alguien no tan cuerdo hubiese podido sentir. Nunca más, sino el leve latido de su corazón que ella sentía cuando se encontraba recostada en su cama, podía sentir lo que alguna vez tuvo en sus brazos.

Y así continúa su caminar, produciendo ruidos extraños cada vez que da un paso con sus desnudos pies, haciendo su recorrido habitual por todas y cada una de las habitaciones de la mansión; revisando cada rincón, pasando su mano por los estantes, los cuadros, las camas…. Buscando ese algo que desea fervorosamente, siempre entrando con el alma llena de ilusión y saliendo de cada recinto con el corazón en pedazos.

Intransigente, sale al jardín en busca de su sonrisa, pasa un pastizal, siente las astillas que dejan las ramas secas en sus pies, corriendo de un lado al otro mirando hacia el horizonte donde alguna vez vio esa sombra caminar hacia ella; su corazón empieza a latir más fuerte, siente rabia, ganas de gritar y de llorar inconsolablemente, y de un momento a otro su cuerpo le exige arrodillarse, pegarle puños al suelo y maldecir al viento por tanto daño que ha padecido este tiempo. ¿Por qué es que el destino le ha arrebatado al único ser que la llenaba completamente? ¿Por qué, siendo que ella tan hermosa, llena de pretendientes que todos los días y cada segundo querían su compañía, sólo podría entregarse a él?

Sin más fuerzas en sus brazos, se dirige al vestíbulo de la mansión, vestida con ese grande y hermoso vestido de terciopelo rojo y encaje que utilizó la última vez que lo vio partir…así la reconocería. Con su pelo ya enmarañado, sin brillo y tan largo hasta sus pies, se sentó por última vez a observar la luna y sintió la brisa de la noche tocar sus mejillas, y sintió como cada rincón de su cuerpo se estremecía con el frío roce del viento, y sintió como su cuerpo cansado de su búsqueda, daba por terminada su lucha. Así yace ella, la locura, acostada frente a su gran resguardo donde alguna vez el amor, con sus grandes ojos negros le prometió que nunca la dejaría, pues a pesar de su puñal en el corazón siempre estaría acompañándola como una sombra que la persigue, pues como dicen los cuentos: La locura sólo está cuerda, si lleva de la mano al amor. 

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